Yo estaba tendido de espaldas mirando como chapoteaban las nubes blancas que parecían borregas muy panzonas y esponjosas, flotando suavemente a través de aquello que más que un cielo parecía un calmo y profundo mar de brillantes piedras azul turquesa. Ahí, en el recóndito abismo, es dónde se ahogan agónicas las miradas mendigantes que ruegan el desahogo de algún milagro, ahí quedan flotando boca abajo las súplicas enmudecidas entre la eterna sordera y antipatía de lo divino.
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