Había salido el grupo de chicos a festejar la Noche de Brujas. Eran doce, todos ellos disfrazados de vampiros, momias, hombres lobos, siniestros extraterrestres y hasta algún que otro Voldemort. Emulando la tradición que habían visto en cientos de películas yanquis, fueron visitando las casas del barrio al grito de “Dulce o truco”. Los vecinos abrían sus puertas y con una sonrisa les daban caramelos, pequeños regalos y golosinas de todo tipo. La mayoría conocía al grupo de chicos, porque formaba
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