Yo iba por la vida dirigiendo el escenario,
corrigiendo a todos desde mi imaginario.
Si algo no salía como yo quería ver,
sentía que el problema siempre estaba afuera de mí.
Quise ordenar la historia, repartir cada papel,
decirle a cada uno lo que tenía que hacer.
A veces con paciencia, otras veces con presión,
pero en nombre de “lo correcto” iba sembrando tensión.
Mientras más lo forzaba
más se rompía en mis manos,
y yo me hacía la herida
sin mirar el daño.
La libertad no es controlar la experiencia,
es aprender a jugar dentro de ella.
La libertad no es imponerle forma a la vida,
es descubrir el misterio que ella revela.
Nueva libertad,
nuevo corazón despierto.
No vine a controlar la vida…
vine a jugarla despierto.
Un día solté la cuerda que tiraba contra el mundo
y algo inmenso despertó en lo profundo.
La tensión que temía se volvió electricidad,
una fuerza creativa pidiendo libertad.
Cada choque era chispa, cada duda una señal,
cada instante escondía algo nuevo por jugar.
La vida no pedía que la hiciera encajar,
solo entrar en su danza y dejarme transformar.
Entre impulso y respuesta
apareció un lugar
donde todo se volvía
más vivo y más real.
La libertad no es controlar la experiencia,
es aprender a jugar dentro de ella.
La libertad no es dominar lo que sucede,
es descubrir la fuerza que hay en ella.
Nueva libertad,
más fuego en el pecho.
No vine a controlar la vida…
vine a jugarla despierto.
Cada miedo es un portal,
cada cambio una canción.
Cada instante me recuerda
que la vida es expansión.
La libertad no es controlar la experiencia,
es aprender a jugar dentro de ella.
La libertad no es evitar lo que aparece,
es crecer en la vida que se revela.
Nueva libertad,
nuevo universo abierto.
No vine a controlar la vida…
vine a jugarla despierto.
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