El ciudadano de la smart city, una ciudad tecnológica y conectada, es insensible a las infraestructuras tradicionales. Lo que pide es calidad de vida. Esta realidad emergente va a condicionar muy significativamente el futuro del servicio de distribución de agua urbana. Los cambios van a ser drásticos y van a afectar profundamente a todos los actores: operadores públicos y privados, reguladores y ciudadanos. El artículo describe someramente hacia dónde va esta tendencia y cómo aprovechar las oportunidades que ello representa para mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos.
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