Siguió avanzando, pero pasaba el tiempo y la casita no se divisaba. –¡Las 9 de la noche ya y ni siquiera sé dónde estoy! Es la última vez que me fío de un extraño. ¡Si ya me advirtió mi madre! ¡Debí haber seguido mi camino! –dijo Caperucita. Mientras, el lobo empezaba a quedarse dormido, vestido de abuelita y metido en su cama. Y la abuela, dentro del armario, esperaba a que eso sucediese acariciando el brillo de su aguja de tejer.
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