No era un encuentro cualquiera. No sentía la respiración, mejor dicho, la alta velocidad a la que palpitaba el corazón, le dejaba sin fuerzas para nada. Los nervios a flor de piel, una sonrisa permanente en la cara, que hacía recordar al trabajo de un tatuador borracho de alegría en un día bueno; las manos retorcían sin cesar lo que quedaba de lo que hacía dos horas había sido una nota de papel.
La mirada estaba fija en el móvil, hubiera jurado que había sonado veinte veces, pero claro, debía
All rights reserved