Por Mary Zamora
Estuvo dando vueltas toda la noche, y apenas si pudo dormitar un poco entrada la mañana. Tomó su desayuno maquinalmente, más por costumbre que por hambre. Después intentó rezar, pero las oraciones de infancia se habían borrado por completo, así que sólo pudo articular un tembloroso “Dios mío”. Después, como si se tratara de la gran novedad, contó una vez más los ladrillos de la celda: eran 972. Al palparlos, la memoria de sus manos infames los transformó en una piel tersa, como
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