Espe, sentada frente al espejo de la cómoda, disimula sus lágrimas ante su hijo Hugo. “Papá ha ido a trabajar”, le miente Espe. Las marcas de las palizas son evidentes.
Chema, su marido, pasa las noches de copas con los colegas del trabajo, flirteando con las camareras, o divirtiéndose con Cary, su amante. Ellos son víctimas y testigos de su abusiva relación con el mundo en general, pero sobre todo con las mujeres. Chema es el gallo del gallinero, y lo deja claro. Pero son la desidia, los intereses, o el miedo de aquellos que le rodean, los que convierten esta, y otras situaciones, en algo normal.
Espe ya no puede más. La reciente muerte de su padre ha acabado de mermar su ánimo, y ni siquiera tiene valor para enfrentarse a una simple caja de cartón enviada por su madre, llena de trastos y recuerdos de él.
Esa noche, traspasando los límites de la cordura, Espe es confrontada por su propio reflejo en el espejo. Abatida, y sin escapatoria ante sí misma, expone y discute sus circunstancias, sus miedos y sus sentimientos. ¿Le abandono? No, él me quiere. ¿Le denuncio? No, es capaz de cualquier tontería. ¿Y mi hijo, qué va a ser de él? ¿Cuáles son, en verdad, mis opciones?
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