El calor huele a un intento de fiera, defecando en medio del fuego.
El fuego arropa a Plutarco lleno de cobardía incapaz de volar, porque conoce el riesgo de la caricia en una superficie suave.
Plutarco vuela consciente de que la caricia en cierta sensualidad es su don.
El verdadero don, querido Plutarco, es el roce de una mirada en el corazón de una dama.
El verdadero don, querido Plutarco, es la valentía de seducir a una tigresa en llamas y no quemarte.
Querido Plutarco: No, no eres u
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