Juliette Binoche, sus labios, su sonrisa como una ciénaga dulce de chocolate. A la Binoche, a su hija, y al canguro imaginario que viaja con ella, les trae un viento frío del norte, un vendaval arisco que abre violentamente la puerta de la iglesia de un pueblo que descansa su belleza medieval en los márgenes de un río. Viene dispuesta a abrir una chocolatería en la que unas veces venderá chocolate, y en otras, remedios achocolatados para males del corazón basadas en fórmulas mayas de cocina del
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