Lilia (49) trabaja en una empresa de recursos humanos y su tarea consiste en impartir cursos destinados a mejorar los ambientes laborales. Pero Lilia es una mujer prejuiciosa que cree que la convivencia está sobrevalorada y esto se traduce en la forma desastrosa en que lleva adelante su tarea. Todo sucumbe cuando una nueva jefa, Marta (32), toma las riendas de la empresa. Marta es una mujer que lleva como bandera los conceptos de igualdad, respeto y diversidad. O al menos eso se arroga. A quien quiera oír le cuenta que, tan buena es, que hasta pierde plata alquilando su piso por un precio irrisorio a una familia con un hijo discapacitado. Marta quiere que su línea editorial se traduzca en los contenidos que brindan. Así, asigna la tarea a todos los empleados de renovar sus cursos con una impronta fresca y moderna. Lilia se horroriza y declara en rebeldía. Menosprecia el rol de Marta asumiendo que le dieron ese puesto sólo para cumplir la cuota de mujeres en la empresa.
Sin embargo, Lilia debe volver a trabajar cuando su hijo Santiago (21) le pide ayuda económica para mudarse. En un mercado inmobiliario copado por oportunistas resulta una misión casi imposible conseguir piso. Santiago no puede dejar pasar esta oportunidad. Sólo el amor filial conmueve a Lilia que accede a entregarse a las reglas de Marta. En una suerte de camino de deconstrucción, Marta y Lilia van abordando los módulos de “Discapacidad”, “Mobbing” y “Diversidad”. Así, una y otra, tienen la oportunidad de asombrarse al ver el mundo bajo diferentes miradas que las horrorizan y fascinan por igual. Al acompañar a su hijo en la mudanza, Lilia descubre que Marta no hace caridad con su piso sino negocios ya que a quien realmente lo alquila es a turistas random con euros frescos. Sabiéndose ambas tan ingenuas como pícaras dan rienda suelta a la atracción que sienten en un cuadro romántico que sorprende a propios y ajenos.
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