Allí, me encontraba yo, en la cama de una maldita pensión de mala muerte, tumbado boca arriba y acompañado de bichos negruzcos, cuyo movimiento corredero era mimetizado por la oscuridad en penumbra. Algunos de esos insectos, invadieron impunemente las sábanas sucias mientras nos balanceábamos rítmicamente. Mi saturado cerebro, divagaba constantemente y me hacía sentir avergonzado, al recordar el empleo del adjetivo "divina", de cómo lo estuve declamando entre mis gritos ahogados, que se diluían
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