Querido Leo:
Una vez me enamoré de una “a”. Minúscula. Amarla no fue producto de aquella barriguita a ras de suelo, ni del arco en postura de baile, ni siquiera de la pequeña cola que arrastraba con elegancia. La amé por su pasión. Cualquier comentario o gesto por mi parte provocaba un “aaaaaaaaaaa” inmenso; toda su voz, su intensidad, su esencia, entregadas a mí. Nuestra relación era tan buena que me invitó a conocer a su familia.
Vivían en una comuna al más
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