Las puertas del salón principal del castillo se abrieron generando un gran estruendo. A lo lejos, el Rey esperaba la llegada de los tres guardias que traían a rastras a un hombre, y a su pequeño hijo de siete años. Ambos fueron arrojados a los pies del trono.
-¿Así que, tú eras el ladrón que robaba mi comida?
-Mi hijo tenía hambre. ¡Tenga piedad!
-¿Piedad?, Dios tiene piedad, no yo.
El Rey se puso de pie y se acercó al hombre que se encontraba arrodillado. Por un instante lo observó en silencio
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