Yo, señor, se lo he dado todo a mi hija: Le di mis ojos glaucos; le di una nariz, grande y un tanto aguileña, cierto, pero nariz al fin y al cabo; buena educación en un entorno estable; felicidad y amor; noches de vela y guarda inquieta; dinero cuando le hizo falta y hasta un seiscientos para su primer trabajo y novio. Todo lo que ha estado en mi mano, como padre abnegado, se lo he concedido. Todo, excepto la médula ósea. La del abogado de la que ya es mi ex esposa, resultó ser más compatible. Con lo mal que me caía al principio, y ya ve usted qué majo.
Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives 3.0