En aquel verano de 1989, ocurriría algo que marcaría mi vida para siempre. Todo el pueblo sabía del viejo y misterioso caserón del Cerro de los Diez Pinos. Como cualquier casa antigua, grande y apartada del núcleo urbano, poseía su propia historia. Se contaba que en esa masía vivía un hombre mayor con su esposa y se decía que era malvado, arisco, huraño, y que no permitía salir a su mujer del viejo caserón.
Una noche de verano, contaban, un agricultor que pasaba por aquellas tierras escuchó unos espeluznantes gritos provenientes de la terrorífica casa. Desde aquel día nunca más se supo de la mujer. Unos dicen que la mató, otros que la enterró viva en el Cerro de los Diez Pinos.
Como niños inocentes que éramos, sin saber qué había de cierto y qué de falso en esa historia, decidimos que ese era el lugar idóneo donde ir a explorar.
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