Siempre para él: son impares y es el menor. Es la ley no escrita del juego. No se queja: de vez en cuando las chicas le dejan tocar pecho. Los chicos le hacen gestos entre cómicos y obscenos para asegurarse de que no ve nada a través del pañuelo, le dan tres vueltas sobre sí mismo y le dicen que cuente hasta treinta en voz alta. Él grita números enteros mientras los mayores se esconden entre los matorrales más densos, en los rincones más remotos y oscuros del jardín: siempre por parejas.
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