Érase una vez en un reino muy, muy lejano vivían Lord y lady Thomas y Emily Collinwood, con su única hija Olivia. Thomas era un hombre de treinta y tres años, apuesto, de pelo castaño, un metro ochenta, atlético con unos hermosos ojos color miel. Había heredado el condado de Collinwood de su padre, él también había sido hijo único y había recibido desde siempre las mejores atenciones del palacio. A pesar de ello, no era un joven déspota, sino todo lo contrario, era muy educado, justo, respetuos
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