En un mundo como el nuestro, la inocencia de los niños
es un inherente haz de luz entre la absorbente oscuridad.
A Gerard Breslin, la noche de brujas le parecía el mejor día del año . Ese día cargado de sonrisas enmarcadas en un trasfondo tenebroso, le había proporcionado una razón para ser feliz a un niño que jamás conoció a su padre, y, le brindaba alegría, pero sobre todo diversión, a la mujer que perdió a quien alguna vez fuera la persona más importante de su vida.
Darío Estopa disfrutaba tanto como Gerard de la noche de brujas. Pues, era la noche perfecta para disfrazar la más oscura de las intenciones, tras el reluciente y frío plástico de una máscara. La noche perfecta para esconderse a plena vista, entre la multitud de abnegados padres y las alegres risotadas de los niños.
A veces ni siquiera la peor de las máscaras podía aterrorizar y paralizar corazones como el hombre detrás de ella. A veces, los verdaderos monstruos usaban máscaras.
Y, tanto Gerard como Darío estaban a punto de entrelazar sus camino, en aquella noche tan especial para ambos.
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