Una gota de sudor resbaló por su frente. Acuclillado en el suelo, en el rincón más apartado de la puerta, agudizó el oído. Por fin llegaba el amanecer. Una tímida claridad grisácea comenzaba a colarse por las ranuras que dejaba la madera con la que estaba construido el granero. Olía a heno, y el polvo flotaba en el ambiente. Nada había roto el silencio aún, más que los crujidos, el canto de un gallo, y algún que otro zumbido de insecto sin identificar. Si había logrado pegar ojo, no era capaz de
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