Había una vez, una chica que llevaba una canasta de temores y de alegrías, esa chica que tan solo pronunciaba un nombre con anhelo y pasión.
La primera vez que su canasta se cayó, la alegría brotó sobre ella, haciendo de la felicidad una gran amiga y para ella que ahora siempre reía, todo era armonía.
No solo las cosas mas hermosas podían satisfacerla, literalmente todo la hacia feliz.
Y por supuesto, nunca dejó de pronunciar su nombre.
El nombre de aquel hombre que le obsequió esa pequeña pero potente canasta de emociones.
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0