Abrí el batiente de madera del ventanal como quien descorcha una botella de champán, quizá, inspirado por la cercanía de las costas francesas. Era mi forma de celebrar que por vez primera iba a contemplar un amanecer en el Cantábrico.
Desde la soledad de aquel caserío reconvertido en hotel rural, a medio camino entre Getaria y Zarautz, se debía de dominar el horizonte, pero flotaba alrededor una esponja blanquecina que impedía observar al día recién nacido. Esa bruma invadió la habitación, se s
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