ENTRÓ SIN DETENERSE, hasta su cuarto. Su madre contuvo la respiración en un instante de eterna angustia. El padre frunció el entrecejo, apretó los puños y los dientes. Tuvo el impulso de ir tras él, jalonearlo de esa maleza ensortijada y pajosa hasta arrancársela de raíz; rugirle en la cara lo repugnante y ridículo que se veía, pero se contuvo.
¿Qué está pasando, Toño? preguntó doña Claudia a su esposo, apretando nerviosamente las manos.
El señor Antonio, aún con los puños como magmas, no cont
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