El I Ching es un texto sapiencial y oracular. Su sabiduría proviene de las observaciones obtenidas por “sabios y santos” de la antigüedad, es decir, por personas que contemplaron, observaron, los ciclos de la tierra, del Cielo, además del comportamiento animal y humano. A partir de ahí obtuvieron deducciones que maximalizaron y atribuyeron a todo aquello captable para los sentidos, especialmente para la vida del hombre en la tierra.
Como oráculo, el Libro, simplemente guía al consultante sobre cuál es el mejor camino a seguir en cada momento, en función del estado de conciencia en que se encuentre y del buen o mal momento temporal macro y microcósmico, augurándole ventura, desventura u otras aseveraciones. Pero el I Ching no adivina el futuro, básicamente porque este no está escrito, y porque se puede llegar a cambiar.
Confucio, un sabio filósofo pragmático, conservador, ritualista y jerárquico, conociendo la naturaleza de las cosas, y especialmente del ser humano, dispuso a través de las “Imágenes” los consejos adecuados a seguir en cada caso y en función de la situación en la que uno o algo se encontrará. Expuso vías claras y directas de actuación, sin ambigüedades, y muy vinculadas a la praxis.
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