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2401266766439
Eran poco más de las nueve y media
01/26/2024
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/E/eranpocomasde.pdf cuando me percaté de que la una o dos quincenas que todo lo más darían de sí los ocho días de vacaciones de Gutiérrez debían de haber expirado aquella misma mañana sin que yo — tan absorto en el libro de instrucciones de la cámara fotográfica que me acababa de comprar por si lo de escribir no prosperaba — anduviese atento a sobresaltarme al oír su voz y, apartando la vista de mis papeles para mirar al hombre que tras un par de golpecitos a la puerta había hecho acto de presencia en mi despacho, sorprenderme de que ni su complexión ni su estatura ni su incipiente calvicie fueran las de Ramírez exhibiendo la amplia sonrisa con que me dio los buenos días informándome, de paso y al cabo de un dubitativo carraspeo, de que estaba encantado de estar de regreso y no, que lo entendiera, “entiéndame”, dijo, porque no se hubiera divertido muchísimo cazando y pescando y montando a caballo y haciendo motocross y hasta un poquito de esquí acuático, sino porque había pasado todo el tiempo intranquilo, preocupado por si su suplente, “un buen hombre, por otra parte, que líbreme Dios de decir nada de él que pueda desprestigiarle; que ya lo conozco yo de suplencias anteriores y es enormemente eficiente, pero que con tantos problemas familiares anda siempre un poco cabizbajo, distraído, y cabe — de ahí mi preocupación — la posibilidad de que, aun siendo un jardinero sumamente experto, ¡ no quiera usted imaginar cómo domina la técnica del ikebana!, haya, en algún momento, equivocado los expedientes y traídole, pues, qué le diría yo que, le ruego me perdone pero debo de estar desentrenado aunque no quiero que usted se preocupe porque me pondré al día en cuanto se me pase el jet lag, lo siento muchísimo pero no se me ocurre nada” sin que yo, que ya digo que desapercibido como me pilló no me tomé la molestia de sobresaltarme, atendiese, como hubiese sido lo justo y razonable, a mostrarme sorprendido y, en consecuencia y por efecto de la propia sorpresa, no pararme, atribulado y confuso, a considerar cuál pudiera ser la actitud de mi amigo ante… – Ante, ante, ante… ¿Ante qué, Gutiérrez?; Gutiérrez por favor céntrese, espabílese y ayúdeme, que no sé cuál pudiera se la actitud de mi amigo ni ante qué. Y esta cámara no voy a aprender nunca a manejarla. – Por mucho que me centre y me espabile, don Felipe, y aunque se me pase, que se me pasará, el jet lag, no podría ayudarle porque lo mío es el bricolaje y de fotografía, pues… Pero tengo un amigo que es un experto fotógrafo. Y que me lo presentará y viendo que tal le cae a mi amigo podremos barajar una serie de ideas acerca de cuál pueda ser su actitud en función de qué impresión le cause. – Y quedarnos — añade — con la mejor de todas. – ¿De las ideas o de las impresiones? – De las ideas, claro — me contesta —; dese cuenta, don Felipe, que a lo mejor la actitud y la impresión nos vienen bien que sean malísimas. Versaciones
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2401266765432
No continuará, lo juro
01/26/2024
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/E/elsemuestrasor.pdf Él se muestra sorprendido y quiere saber el porqué; no de su sorpresa , que para qué tomarme ya el trabajo de esmerarme en describir, sino de mi desánimo. – Pues… ― Y sé que lo miro con cara de que la sorpresa es mía porque… — ¿No lo comprendes? – No — me contesta con toda naturalidad. Y le explico que porque, él debería saberlo, está escrito. Y como no iba a continuar, Calpurnia, con sus inveteradas agonías, miró impaciente el reloj y dijo pues hala, ya está; y que aquí se cerraba (o se abría) — siempre tan dubitativa e insegura para lo que no fueran sus propios intereses — este círculo que se abría (o se cerraba) según los criterios tan dispares de la señorita Marcela y de don Sisenio. Versaciones
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2401216722065
Aunque todo el mundo pensara en él
01/21/2024
Graciano
http://valentina-lujan.es/trans/Aunquetodoelmu.pdf se acabó desoyendo el clamor de tantas voces pronunciándose a favor de que sí, de que fuese Diorante el guapo, para terminar por decantarse por un chico mucho más bajito y con granos pero con magníficas referencias y un expediente del todo brillante que, después de dar muchas largas negándose a ponerse al teléfono o alegando excusas tan peregrinas como para hacer sospechar hasta a la pazguata de Otilia Roca – tan obediente pero tan inocentona… – ¡Alto ahí! Aquí la señorita, cotejando los papeles uno en cada mano, le echó el alto a Bonifacio Recatero. Alto ahí con las mejillas encendidas de ira y que, lo recordaba perfectamente, Otilia no era inocentona sino bien mandada y que, además de recordarlo también perfectamente porque eso ya lo había contado uno de los hijos del guarnicionero… – El mayor en concreto — precisó —, un chico muy observador y muy serio, muy veraz, que jamás mentiría ni se confundiría en un detalle tan relevante porque, dijo, no es lo mismo, jovencito. … no era lo mismo, en su opinión, aunque también podía ser cierto y no dejaba ella de reconocerlo, que entre una pazguata inocentona y una bien mandada puede haber unas ciertas similitudes, sí, pero también grandes diferencias porque, en tanto la inocentona puede ser una criatura perfectamente gris y del todo carente de perspicacia, la bien mandada puede ser sagaz, astuta, algo para lo que la pazguata está incapacitada… – Fíate — entre diente uno de los de la fila del fondo, la de los más díscolos — de las mosquitas muertas. – Bueno, eso puede ser verdad…, que te he oído y deja de juguetear con el móvil, por favor; verdad porque puede a la chita callando hacer lo que le de la gana, pero simplezas sin repercusión alguna… – Anda que — el chico, apagando el móvil con un suspiro y dejándolo a un lado —, no pueden los tontos hacer grandes pifias y organizar unos pifostios tremendos. La señorita tuvo la boca abierta para responder que serían pifostios de mucho ruido, tal vez, pero de pocas nueces; pero la cerró recordando cómo — le había contado a su confesor — ella misma, con sus propios ojos, vio cómo en el silencio de una noche invernal con las ventanas cerradas a cal y canto menos la suya de par en par a causa de los calores de la menopausia, allí mismito, a la luz de la farola y sin el menor recato, el mudito y la tonta… – Pero, acuérdate, Macaria — el sacerdote — de que aquella noche, que te vi yo dejarlo encima de la cómoda junto al rosario, te habías quitado el sonotone. Y, sí, era verdad; se había quitado el sonotone de manera que, le pareció justo y razonable, mejor darse punto en boca porque con los díscolos y respondones de la última fila — respondió ella — mejor no entrar en discusión, ¿verdad? – Pues claro, mujer — él, colocándose el alzacuellos — y evitarnos un disgusto y el escándalo cuando, además, ya tienes comprados el vestido y los zapatos para el bautizo. Transgresiones
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2401216721976
Yo traté de hacerte comprender
01/21/2024
Bonifacio Recatero
http://valentina-lujan.es/alicia/yotrate.pdf Yo traté de hacerte comprender que no, que no era eso, que nunca ni de ninguna de las maneras que pudiera identificar como maneras mías se me había pasado por la cabeza semejante posibilidad; es más, si no te hubieras puesto como te pusiste, Proserpina, haciéndome perder el hilo de un discurso que había ensayado docenas de veces — solo frente al espejo de la sala de baile, primero, y con mi prima Estrella delante de los santos, en el oratorio de la abuela, para ver qué le parecía y si le daba el visto bueno cuando consideré que ya lo tenía bastante pulido, limpio de palabrería que ni hacía falta ni aportaba nada —, no me habría saltado (de tan nervioso como me pusiste) la parte que llevaba mejor preparada y de la que tan orgulloso me sentía por lo bien y en términos tan claros que ponía en tu conocimiento que tampoco a mí, aunque hubieses sido la única mujer sobre la tierra, me habría seducido la idea de sentir fascinación por alguien, como tú, mi bien amada (y mira que es quizás la última vez que te lo digo), que traído por puro compromiso y de la mano — en sentido figurado, naturalmente, y se pudiera decir que por los pelos sin temor a incurrir en falsedad ni equívoco porque de aquella muchacha delgadita y frágil aludida tan de pasada por Basilia, que ni nombre le puso de tan ocasional como se mostró en aquel momento en que despegó los labios por primera vez, no cabe en absoluto pensar que fuera a hacer algo tan poco elegante — de esa, la que te digo, la delgadita que se la adjudicó, vaya nadie a saber por qué, a una Luzmila que te trajo a ti de la suya con una letra tan malísima que, de no ser por don Sisenio que salió en su defensa, habrías sido desestimada, pasada por alto sin contemplaciones entre tantos borrones y tachaduras, ignorada por completo y pasado a mejor vida sin haber llegado a ni por un instante formar parte de las nuestras. Versaciones
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2401156650329
No había fumado jamás
01/15/2024
Radelia
https://valentina-lujan.es/G/nohabiafumadojamas.pdf No había fumado jamás Pero lo recordaré siempre con olor a tabaco, y a metro, y a tinta y a papel. Parece raro oler a metro, ahora que el metro no tiene ningún olor especial. Pero por entonces era diferente y el olor se agarraba a las ropas de quienes lo transitaban a diario con la misma ropa. Mi padre iba al banco con traje y corbata, pero el traje, o a lo mejor dos, de ir al banco; y las corbatas de ir al banco, y las camisas quizá también. Y aquellas ropas, aun ya en casa, seguían teniendo aquel olor. Pero, aunque nadie lo creyese, mi padre olía a algo más que no era a nada concreto pero sí peculiar, y que yo podía distinguir en medio de una multitud y afirmar, sin la menor posibilidad de error, si mi padre estaba entre aquella multitud o no. No teníamos teléfono ― casi nadie lo tenía, el teléfono entró en casa cuando yo tenía unos once o doce años y todavía recuerdo el número que era 545431 y, algún tiempo después, nos envió la telefónica una carta diciendo que desde tal fecha el nuevo sería 599137 ― y, cuando él se marchaba por la tarde a hacer horas, nos decía, o acordaba con mi madre, si iba a regresar en el 52 o en el metro. El 52 paraba aquí mismito, en la esquina, y no requería el preparativo de que ella, mi madre, se pusiera los tacones y, a mí, el abriguito gris y un sombrero de fieltro con ala para “vamos a esperar a papá”. Pero el metro estaba más lejos; y si íbamos a esperarlo ya era un poco como salir de paseo porque volvíamos caminando y a lo mejor me compraban castañas o, si no, patatas fritas en una tienda diminuta que había en Francisco Silvela, encajonada entre una carbonería y un taller de reparación de calzado. Como entonces la estación de Diego de León era final de línea y no había ninguna otra mas1 que la que iba a 1 El ordenador se empeña en poner este “mas” con acento; pero yo se lo quito porque es el más que utilizaba mi madre, así, sin acento, al hablar, aunque yo no creo que ella se plantease, de manera consciente, nada que tuviera que ver con conceptos como “aumentativo” o “adversativo”. No había fumado jamás Sol, cada vez que llegaba un metro los pasillos y las escaleras se llenaban de la gente que salía y, hasta que llegaba el siguiente, no salía nadie. Bueno pues, cuando estábamos esperando allí, acodadas en la barandilla, yo podía decir, y decía, a cada metro que llegaba, si mi padre venía en él o no; y lo sabía desde que llegaba desde lejos el primer rumor de pasos y la primera vaharada de calor y de tantas respiraciones amontonadas. Mi madre preguntaba cómo podía saberlo; pero a mí me parecía facilísimo y le contestaba que porque no olía a mi padre. Ella se quedaba perpleja, pero terminó por creerme viendo cómo no me equivocaba ni una sola vez. Papeles
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2401156648906
¡¡¡Afrodita, estoy furiosa!!!
01/15/2024
Piluca Menéndez
https://valentina-lujan.es/Dbre10/Afroditaestoyfuriosa.pdf ¡¡¡Afrodita, estoy furiosa!!! He visitado tu página y veo que en https://valentina-lujan.es/Dib/carpet2.pdf hay una carpeta que pone “dibujos y manchas”; ¡¡pero tú sabes perfectamente que esos dibujos y manchas son míos!! ¿Por qué has quitado mi nombre? Haz el favor de colocar ahí la carpeta roja que tú tienes, con una nota manuscrita mía que, esa sí, lleva mi nombre. Si no lo has arreglado la próxima vez que entre en tu página te ganarás un tirón de pelos. Papeles
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2401156643239
Mirándola de reojo
01/15/2024
Olor a membrillo
http://valentina-lujan.es/G/mirandoladere.pdf y santiguándose, se cruzaban apenas al alba camino de la iglesia con ella sonriente y siempre con sus tacones, tan peripuesta y ya de buena mañana tarareando, tan alegre, aquellas melodías que entonaba por lo bajo, como en sordina y a media voz, para ella sola, dedicando a las cuitadas su sonrisa vivaz y, en las mejillas sonrosadas, tersas como manzanas, aquellos hoyuelos que se le marcaban aunque luego, ya de verdad a solas o con alguna de las muy contadas almas comprensivas de su confianza, sin tarareos a media voz sino entera y quebrada por la congoja, los ojos se le llenaran de lágrimas y, entre hipos: – Si es que yo lo sé que en este pueblo no me quieren. – ¡No han de quererte! — Escandalizada el alma comprensiva, queriendo animarla — No han de quererte y bien sabes lo contentos que se pusieron los sobrinos de don Nicolás cuando… – No — ella, sonándose que, la otra , “¿te das cuenta como no debes de llorar, que moqueas y te vas a hacer un desgarrón sin querer?”; y la Loli se reía entre lágrimas y la tranquilizaba “¡que no mujer!” —, si los sobrinos y más si son lejanos sí, pero, por lo general pues no. – Bah — el alma —, ¿qué es en definitiva lo general cuando por lo general se da tan poco? Y que lo mejor para que no se sintiera culpable era que no perdiese de vista que, cuando más cuando menos, por encima o por delante de los sentimientos suelen estar los intereses. Fin* *Al mote número uno de una bienvenida que empezó como quien no quiere la cosa un diez de diciembre y trajo, sin que se hubiera contado con ello, mucha… pero que mucha cola. Nota: Para ver secuencia completa pulsar aquí. ... Y su “pues a ver, atendiendo a mis menesteres como cualquiera” cuando, evasiva, respondía sin dar mucho detalle a la pregunta malévola de ellas inquiriendo “¿qué, de algún servicio?” o, más explícita si conocía que ninguna de las mujeres era familiar del cliente, se alargaba a dar cuenta, somera siempre, de si algún adolescente disoluto “y así — decía — pasa luego lo que pasa”. El alma, que comprensiva, sí, pero chapada a la antigua y que le daba mucho repelús aquel cascabelillo, pequeño, que llevaba la Loli en una de las aletas de la nariz. Porque parece ser que las almas en su mundo no tienen, porque no la necesiten tal vez, una noción muy precisa de en qué coordenadas se desenvuelve lo espacial. Papeles
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2401146638979
Y me fui a fregar los platos
01/14/2024
La Fuenfría menos corpulenta
https://valentina-lujan.es/Y/ymefuiafregar.pdf Y me fui a fregar los platos que los fregué muy deprisa que ni me entretuve en ponerme los guantes ni rasqué con el Scotch-Brite el culo de la sartén de tanto miedo como me daba de que, con esta cabeza que tengo porque tengo una cabeza que es una lástima no sé qué voy a tener que hacer con ella tan perdida como la tengo, se me olvidase que era un cuatro o de dónde venía yo que es lo que me pasa tantas veces cuando me pongo delante del aparador de la cocina y a qué he vendió yo aquí yo y que lo mismo era que estaba queriendo el azucarero o la sal y luego tiro para el cuarto de los chicos y, a voces desde el cuartillo de estar, que qué pasa con el bote del quetchup, y, anda, a eso iba yo. Como estoy tan fatal de la memoria. conté, cuatro, 61, 62, 63, 62, así Papeles
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2401146638870
Círculo 135194194
01/14/2024
La cocinera de D. Atiliano
http://valentina-lujan.es/C/circulo135194194.pdf Que es “como podéis ver”, explicaba la señorita Violeta, conjunto conjunto con el círculo 199-174-240 en sus elementos puesto que en ambos encontramos y ─ añadía ─ tanto el uno como el otro lo son con 235-143-89 pero sólo en Puente de Piscis, Gárgola y Tercera Oca de Tierra ya que 235-143-89 contiene sí el elemento pero no el concreto y preciso elemento que viene a cerrar el que nos ocupa. Papeles
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2401146638375
Sincréfane
01/14/2024
Irene Espelosín
https://valentina-lujan.es/S/Sincrefane.pdf Había entrado en mi cabeza unos meses atrás, una tarde de mayo, tal vez de abril, de aquel mismo año. Y lo supongo así tan solo porque ya no hacía frío, que llevaba yo el traje chaqueta sastre. Sí, el gris de la raya blanca, aunque ya estaba un poco deslucido, pero siempre me gustó ese traje, tú lo sabes, y si no sólo hay que ver cuánto me costó desprenderme de él y que de hecho no llegué a desprenderme nunca, que únicamente consentí en depositarlo en la acera una noche dentro de una bolsa de plástico cuando ya me había mandado hacer otro idéntico. Idéntico con algún centímetro de más en la cadera (no muchos, la verdad) pero de esa diferencia no llevaba ya la cuenta nadie. No la llevaba ni yo, es más, no la llevabas ni tú. No recuerdo con precisión la fecha, ya te digo, pero sí conservo en la memoria diversos detalles inconexos que, sin proponérmelo, en mi mente se agruparon como con voluntad propia y formaron algo así como un cuadro, o un mosaico, o esa escena última que a veces permanece quieta en la pantalla una vez ya ha terminado la película y mientras desfilan hacia arriba los títulos de crédito y hacia las puertas los espectadores atareados en atrapar la manga de su abrigo. Recuerdo también que entonces di por hecho que pertenecía a alguien elegante, y sé que lo decidí así nada más porque estaba siendo pronunciado en un lugar de ambiente distinguido y por boca de alguien no carente de encanto. Una asociación de ideas, me dije, y no volví a pensar en ello por una temporada. Eso sí, en alguno de esos recovecos que hay dentro de la cabeza y que tanto se parecen a una nuez sin corteza, debió de quedárseme sin yo saberlo (y esta es una de tantas de una especie de fantasías surrealistas muy recurrentes para mí y de las que me valgo para dar consistencia a la finalidad de todo cuanto en el cuerpo, por no entrar a divagar a la finalidad de todo cuanto en el alma, le resulta a mi capacidad de comprensión por completo insondable) y luego se liberó del mismo modo en que sale revoloteando de entre la puerta y el marco ese papelito blanco que dejó quien venía a leer el contador del agua un día que yo no estaba. Pero no debía de ser un papelito blanco urgente o ni siquiera una pizca importante, porque lo dejé planear sin ni tan sólo intentar darle caza: “El hombre del canal volverá otro día — me dije — y si tampoco me encuentra ya entonces me enviarán una carta en regla, por lo menos con sello, que a lo mejor incluso certificada y con acuse de recibo. Y ahí sí que me plantearé el tomármela en serio”. Y allá que se deslizó, vete tú a saber si apremiado por algún pensamiento respetable con gafas y bigotes hirsutos y bastón y monóculo impaciente por instalarse sin demora exactamente en su neurona, la que a él le corresponde; o sí, por quitarse de en medio cuanto antes, se precipitó agobiado en el primer segundo recoveco que se encontró al paso, segundo aviso del cobrador del agua que por segunda vez yo no me tomé en serio. Debía de ser que había mucho tránsito de ancianos irascibles yendo y viniendo cavilosos por aquellos vericuetos laberínticos de la nuez, tan enrevesados que en no pocas ocasiones uno y hasta varios de los viejos se perdían, enteramente desconcertados, y tenían que andar retrocediendo y tartaleando y pidiendo razón a los ordenanzas cerebrales o incluso demandándose ayuda los unos a los otros, que no se prestaban atención ninguna atareado cada cual en la resolución de su propio problema y se intercambiaban encadenamientos casi siempre erróneos. Debe de ser que había mucha barahúnda porque el pobre homólogo del papelito blanco asomaba la cabeza tímidamente, consciente de su insignificancia y su condición de advenedizo, y las más de las veces volvía a agazaparse amilanado e irresoluto o, todo lo más, daba una carrera atolondrada total para llegar, como mucho, al vericueto siguiente, o incluso al anterior puesto que lo asistía un pavoroso desconocimiento no sólo de cuál sería la neurona en que debía ubicarse sino de la localización de la tal neurona. Preguntar tampoco podía, que hasta ignoraba cómo exponer sus señas de identidad en condiciones, “mire usted, soy una cogitación fugaz, sólo una idea” … No, así no era manera. Angustiado también andaba un poco, y no ya ante la incertidumbre de su insignificante destino, angustiado por estar haciendo esperar a una neurona quién sabe si muy anciana y venerable que tenía a lo mejor sus últimas esperanzas depositadas en él precisamente, en él, un joven pensamiento inconsistente. Porque si la neurona fuese una jovencita el tema sería ya muy otro con oda una vida por delante, que al común de los jóvenes adolescentes suele sucederles el gozar de una inconsciencia posiblemente muy merecedora de ser recriminada, pero, es tan enormemente grato y además tan fácil dejarse gobernar por la inconsciencia. Pues allí que estaría, casi... Papeles
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2401146637101
Distintivo 33
01/14/2024
Hermenegilda Acosta
http://valentina-lujan.es/m/marquito33.pdf Imagen en pdf Papeles
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2401136632710
Pensar en otra cosa
01/13/2024
Consuelito Mínguez
https://valentina-lujan.es/C/cosaqueluegosi.pdf que luego, si los hechos llegaban a manifestarse abiertamente irreversibles, investidos de todo el esplendor de su poderío, fuese el punto de arranque para que todo el mundo quisiera — y no yo sola, con tan poquísimas ganas como tendría (y tanta sed como me darían los malditos canelones, aunque no deseaba acordarme de ellos mucho más que de la bandejita de lasaña) de cargar con una responsabilidad tan grande — arrogarse el protagonismo de haber sido él (“cada uno”, claro, quiero decir) quien había estado allí, en primera fila, creyéndose estar siendo testigo de excepción de un suceso que no habría tenido por qué revestir la menor importancia ya que era, según todas las apariencias, de índole menor habida cuenta de que consistió en algo tan cotidiano como lo es el que un despertador no funcione. Pero en el primer momento, no. Cuando según todas las ya mencionadas apariencias estuvieran siendo unos hechos apenas incipientes que no prometiesen revestir trascendencia, nadie se sentiría lo bastante seducido por ellos como para desvivirse y pelear ni por una localidad preferente ni por un papel siquiera secundario. Algunos llegarían, puestos a echar imaginación a la cosa, al extremo de negar el haber visto nada y otros, mucho más descarados, no pestañearían a la hora de declarar que ni tan sólo habían estado en el lugar; y aun los habría — puesto que qué más daba una vez decididos a sacarlo todo de contexto y de quicio — con la desfachatez suficiente como para poner cara de extrañeza asegurando que no tenían la más remota idea de que existiera el tal lugar. – ¿Podría concretar — preguntaría el juez a uno de los últimos — de qué lugar estamos hablando? – Del de los hechos — replicaría el aludido. – ¿Qué hechos, exactamente? – Pues los que motivaron que el señor Cremades… El juez diría en este punto “es suficiente” y que no era necesario que pormenorizara “porque ya constan consignados en el acta” (puntualizaría) unos hechos que a estas alturas ya toda la concurrencia conocía pero sin tomar en consideración, él, él sólo y a su vez, la salvedad mediante la que en el momento oportuno fuimos advertidos de que no habría de ser en todas las apariencias sino únicamente en las que a criterio de cada cual resultaran más relevantes en las que tendríamos que basarnos para, una vez serenados los ánimos y libres del influjo ejercido por unas circunstancias muy concretas que nunca más volverían a repetirse, hacer una selección ponderada y exenta de prejuicios o de intereses personales y partidistas de lo que mereciese la dignidad de ser atesorado como conocimiento a conservar durante el resto de nuestras vidas y en perjuicio, ello, de lo accesorio o inservible y tan sólo morralla sin sustancia ninguna que tendríamos, aun con dolor de nuestras tiernas almas, que desterrar de nuestro pensamiento y olvidar. ¿Cabía así las cosas suponer que perduraría para toda la eternidad, en manos y en cabezas de gentes tan variopintas y además tan volubles y con unas memorias selectivas unas y otras no pero todas tan dispares, más la reprobable conducta del señor Cremades que tanto dio que hablar que los pendientes largos de doña Magdalena en los que no reparó nadie? Cerré la interrogación y me sentí no tal vez feliz pero sí satisfecha. Había conseguido pensar en otra cosa. Papeles
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2401136631393
Problema
01/13/2024
Algún familiar enfermo
https://valentina-lujan.es/trans/Problema.pdf ¿Con qué casilla habría que ilustrar ― preguntó la señorita Violeta a sus alumnos en el examen para la segunda evaluación de la asignatura de metafísica elemental comparada ― este archivo considerando que quien llega a él es Raúl Colmenero? Pero esta vez no fue la Verdaguer, que fue la Prieto — tan siempre en apariencia muy ocupada en traer y en llevar idas y venidas de sus amigas a otras amigas no menos llevadas y traídas — la que saltó con “pero señorita, fíjese en el encabezado y verá que eso no es de nuestra asignatura”. Y que, aun en el supuesto de que lo hubiera sido, se apreciaba en dicho distintivo — sacando de su carpeta, según hablaba, el folio que habría de probar que su argumentación era correcta y, alargándoselo, compruébelo usted misma — que no existía relación alguna, ningún vínculo entre ambos archivos y que, por tanto y aunque llevaran el mismo distintivo, habían forzosamente de pertenecer a jugadores distintos; y que no le cabía la menor duda de que el mote era una copia literal, aunque atusada y adornada, más bonita, sí, del de Jara Carvajal. Y que el tal Raúl (o quien a él lo suplantase, que ella no quería insultar a nadie) un cabrón con pintas y un chorizo. − Tu razonamiento podría, en un principio, ser acertado y correcto; pero ¿Has considerado tú que de resultas de la operación pudiera él estar sufriendo de trastorno de personalidad disociativa? Luego pestañeó, carraspeó; pidió que alguien abriera por favor la ventana, que hacía un calor tremendo y, para sí y celebrando el toque de campana, anda que va listo don Miguel cuando me quiera volver a colocar una suplencia tan complicada. Y que ella, con sus bes y sus uves, y con sus acentos y comas de más o de menos, tenía más que suficiente para tirar del par de meses que faltaban para su jubilación sin sobresaltos. Y, a mi casa, con Micifú, que, por cierto, recordó, tengo que cortarle las uñas. Transgresiones
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2401136630150
Había que estar de acuerdo
01/13/2024
Felipe el segundo
https://valentina-lujan.es/H/habiaquestardeac.pdf y no por imposición del abuelo ― que era en realidad bisabuelo, el único que nos quedaba y, por tanto, el patriarca de la familia al que la mismísima Genoveva respetaba hasta el extremo de no haber osado jamás arrinconarlo o reducirlo a la condición de cartulina amarillenta enmarcada y colocada luego, junto a un florerito, sobre la tapa del piano o sobre la mesita del teléfono ― sino porque la propia Genoveva reconociese que, aunque hubiera sido por imposición de cualquier otro e incluso aunque se hubiese tratado de alguien que no mereciera respeto alguno como estábamos rodeados de, como decía Purificación tanto gilipollas , no habría merecido la pena discutir ni llevarle la contraria porque con los gilipollas ya se sabe lo que pasa. ... Aunque parece ser, aunque no hay prueba documental, que en alguna ocasión se le escapó también a don Sisenio y que, de inmediato, contaron, se santiguó y rezó tres avemarías y en penitencia se comió sólo dos bizcochos en lugar de tres. que don Sisenio, a su vez y en su momento, juntando las manos y elevando los ojos al cielo entre el primer bizcocho y el segundo, rectificó por pobre angelito de Dios esclavo de su propia ignorancia. Y esta vez no fue Purificación, que como andaba en uno de esos días en que como solía decirse no estaba para nadie ni quien la aguantase no había venido y la sustituía Desideria la del cuarto, sosilla pero muy educada y casi, con unos arreglillos y un par de puntadillas de nada, de la misma talla aunque sin moño y las uñas más largas; ni Purificación ni por supuesto Desideria ni don Sisenio y a pesar de andar un poco contrariado porque aquella tarde no había bizcochos; ninguno de ellos sino la propia Genoveva, que se le escapó sin querer, dijo, pero que bastaba de risitas y de cachondeo — que se le escapó también, y más risitas — porque esta tarde, dijo, con lo del parque nuevo con árboles y lago y todo hasta con patos tengo muchísima faena, y que no estaba para perder el tiempo con menudencias.
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2401136630068
Dibujos y manchas
01/13/2024
Elisa la de los mojicones
https://valentina-lujan.es/Dib/carpet2.pdf Imagen en pdf Que sí, la hizo ella y no le salió del todo mal, aunque una carpeta tan sencilla la habría podido hacer hasta el mismísimo Ovidio; pero su verdadera especialidad era enojarse — "como una verdadera madre o acordaros" decía la señorita Emérita (y nos solíamos acordar, por no enfadarla) lo bien que, según ella, nos lo contó Begoñita (la Parrado) si bien (que eso también lo reconocía la señorita Emérita) su actuación resultaba un poquito carente de realismo porque, a diferencia de Susanita o Socorrín, no le hacían daño los zapatos (que era cierto, como tenía aquellos pies tan pequeñitos) y eso, se quisiera o no, restaba a la escena un punto de dramatismo — con los tíos Astolfo o Emiliano "pero de esos olvidémonos de momento", cerrando la señorita su propia carpeta y echando una ojeada al reloj de sobre el encerado, porque en el caso concreto que nos ocupaba era exactamente con el tío Gonzalo. Papeles
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2401126630030
Prueba de aptitud
01/12/2024
El tío de María Encomienda
https://valentina-lujan.es/K/elmotedeltiodemar.pdf Prueba de aptitud 1. Versaciones = en baulito 2. Otro rifirrafe = en caja de zapatos 3. Él se muestra sorprendido = en costurero de mimbre 4. Que me salió bastante torcido = en baulito 5. Sin, a mi juicio, ninguna necesidad = en baulito 6. ¿Chapuza? = en baulito 7. O le importase un rábano = en costurero 8. Resultó ser mudo = en caja de galletas 9. Designios del altísimo = en caja de zapatos Que sí, algunos fallos había, sobre todo en los retrocesos que no siempre iban a dar con la imagen de referencia en el baúl o el costurero o alguna de las cajas; pero como por lo general excepto en la funda de gafas en la posada, que daba error — él se justificó diciendo que el baulito y todo lo demás se había perdido con la cancelación de la página antigua, y podría tener razón —, los títulos se correspondían con las palabras o la frase de partida en el documento al que remitían, le dio bastantes esperanzas de ponerle una buena nota. Papeles
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2401126629829
Aquella cara
01/12/2024
El tío Aniceto
https://valentina-lujan.es/A/aquellacara.pdf Texto en imagen pdf
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2401126629645
Que lo escribí así, en rojo
01/12/2024
El acólito
http://valentina-lujan.es/Q/queloescribiasi.pdf Que lo escribí así, en rojo, adrede, para al manejar los papeles recordar que no quería correr más riesgos, ni cometer nuevas imprudencias, ni que nadie me pusiera la cara colorada ni una sola vez más; pero volví, a pesar de todas mis precauciones, a sentirme frustrado porque, contra lo que yo tenía previsto y planeado, él no me mira con cara de no comprender, ni protesta “!Eso lo dirás tú!”, ni me da ninguna de las respuestas que no fuese yo capaz de imaginar que me daría mientras me fijaba en las manos del anciano porque se me ha olvidado, ido de la cabeza preguntarle aquello de que quién que no fuera un imbécil habría aceptado meterse en semejante lío. Así que supongo que nos quedaremos callados, sin saber por dónde seguir, otra vez mirando por la ventana pero sin que en esta ocasión se me ocurra echar cuenta de si los cristales están limpios o no; y sin dibujar redondeles ni casitas ni árboles, ni chimeneas ni humo ni… ¡Nada de nada! La mañana, además, está siendo hoy muy tranquila aquí, en el ministerio, de manera que ni siquiera puedo refugiarme en mis aburridos expedientes y toda mi actividad se reduce a pensar, discurrir, tratar de hallar una pista, un indicio que me pueda orientar de qué momento ni qué circunstancia propiciaron que mi vida tranquila y apacible se torciera, cambiara su sereno trascurrir y me enfrentara con toda esta vorágine… Miro el reloj y como veo que aún falta un rato largo para que den las tres me dedico a, por matar el tiempo, juguetear con el abanico de las posibles causas que pudieron llevar a que la señora de Ramírez hijo ― creo que de momento será mejor que la continúe llamando así, porque si estaba justo entrando por la puerta parece obvio que puede llamarme Sonia tuvo que decirlo después ― llegase tan malhumorada y protestando de una lluvia que a pesar de que sus cabellos chorreaban yo no terminaba de ver porque, puedo recordarlo claramente puesto que habían pasado apenas unas horas, la tarde estuvo bastante despejada y ella, me parece estarla viendo, sentada en la butaca en la habitación que en los últimos días venía reconociendo como su pequeño cuarto de estar de siempre; mirando cómo las formas de las nubes se iban modificando para dejar de ser el mapa de algún país en el que nunca estuvo y convertirse tal vez en un dragón monstruoso, rugiente y amenazante, arrasando, abrasando, reduciendo a cenizas con su lengua de fuego todo cuanto encontrara... en su camino. Anda que qué mal humor tengo. Luego bostezó y se excusó con el posible dragón, quizás, alegando que eso de imaginativa tan sólo era una suposición que a saber si de verdad había pasado por la mente de alguien o era visto cara a cara tan temible aunque fuese nada más como hipótesis con poco fundamento; o bostezó tan solo sin haber recapacitado ni por un momento que fuera esto o lo otro o sin, incluso, haberse percatado de que estuviese existiendo, tan distraída y pensando en sus cosas. De cualquier modo se puso en pie. Y se sabe que se acercó a la ventana para a la luz de la farola mirar el reloj si bien, como no dijo a nadie qué hora vio, se alberga una duda razonable al respecto y se sospecha únicamente que ya debía de haber caído la tarde. ¿Sentía pereza? Cabe inferirse que sí puesto que era persona hogareña, en primer lugar; y en lugares posteriores pero sin tener que desvivirse por establecer un orden riguroso: a) porque no tenía costumbre de arreglarse tan tarde. b) porque no sabía qué tenía que ponerse. c) porque el único billete que tenia se le antojaba demasiado grande para el taxi. d) porque había olvidado además el nombre de aquel sujeto y, encima, no habían concretado nada como quien dice acerca de los niños . A lo mejor recordaba, si se ponía en situación y era capaz de concentrarse, haberlos mencionado, haber dicho aunque de pasada y atenta a otro quehacer los estoy acostando; y podría recordar también, ya encarrilada, haber instado a aquel tipo a espérame, que iré en seguida, ya sabes que me expreso mejor en persona que a través de este aparato y con las manos manchadas de harina, oliendo además a pescado. Pues porque dijiste: unos salmonetes. – Nos estamos liando. Querías unos salmonetes para...
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2401126629607
Y de un humor horrible
01/12/2024
El regidor
http://valentina-lujan.es/Y/y de un humor horrible.pdf y había, por tanto y en justicia, que dársela por doloroso que pudiera resultarme porque, como le diría a mi amigo tan pronto nos viésemos, “¿quién que no sea un insensato habría aceptado meterse en semejante lío?”. Él, entonces, contestaría algo que de momento no me sentía yo lo suficientemente despejado para poderlo imaginar; así que opté por no pensar en eso aquí ni ahora y centrar toda mi atención en el movimiento de las manos del anciano. muy mal, por cierto. Sólo en el caso, vaya ello por delante, de que me sienta yo con ánimos de encarar más broncas; que me parece a mí que no. Pero me lo apunto por si acaso. Versaciones
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2401126629508
Unas latas de judías con chorizo
01/12/2024
Don Heliodoro
http://valentina-lujan.es/Q/quenviocomprar.pdf que envió a comprar la señora de Ramírez (madre) a uno de los chiquillos a la tienda de la esquina, y la madre ― de los chicos, entiéndase, y por tanto señora de Ramírez hijo ― no hiciese su aparición en el hogar hasta bien avanzada ya la tarde sin acertar, por cierto, a ni medio hilvanar dubitativa y balbuciente una explicación coherente que tranquilizase al afligido esposo que, demudado y tembloroso deambulando sin rumbo por la pequeña habitación y elevando la voz y los ojos al cielo, se obstinaba en darla por secuestrada o quién sabe si muerta y, besando en la frente al menor de los hijos, se dolía vencido por el dolor, deshecho en lágrimas… – ¡Ya es suficiente! ― se encaró, autoritario, el mayor de los chavales con el padre conminándolo, la vista fija en las palabras que las manos del abuelo ejecutaban a gran velocidad y en tono contundente, a no continuar pronunciando tamaña sarta de disparatados desatinos. Acto seguido el anciano se sentó de nuevo en su butaca y continuó mirando la televisión y el chico, muy educado, solicito permiso de sus mayores para regresar a la esquina de la mesa donde se hallaba enfrascado en sus deberes. – Es que, este hijo mío ― explico, y quise entender que por salvar la situación algo tensa a que había dado lugar la incongruente perorata de Ramírez, la madre de mi anfitrión ―, no sé qué le pasa que a veces se desborda, se embala, tira por la tremenda sin querer ni siquiera atender a que las cosas suelen ser menos dramáticas, más sencillas… Y, así ― agrego, dedicándole una mirada de soslayo, sin dejar de cabecear ―, de un tirón y sin tomarse ni un respiro, que se lo tengo dicho “un día te vas a atragantar” …  Fuera, vengo diciendo sin lograr terminarlo de encauzar, por cualesquiera de las diversas variopintas circunstancias aleatorias que pudiéranse por ventura o desventura terciar o por cualquier otra que no acertase yo a prever, la continuación se negó a no discurrir por alguno de los cauces que tenía yo más o menos tanteados como del todo intransitables sino por uno nuevo, distinto e impensado aunque no menos extravagante, desde luego, como el que la señora de Ramírez hijo descubrió cuando, removiendo el azúcar del café que le había servido la señora de Ramírez padre, tuvo la extemporánea, descabellada ocurrencia, de ― ante el estupor de los pequeños, y de los mayores, y del pudiéramos llamar “intermedio” porque Ramírez era un hombre de estatura normal, ni alto ni bajo ― saltarse todas las normas de la urbanidad y de la elegancia y del decoro soltando, de sopetón y a bocajarro, que… !qué caramba!, que por qué no… !verdad! ― y se reía, muy contenta, mirándolos a todos de uno en uno en demanda de una aprobación que por que no iban a darle… !qué bobada! ―, por qué no cuando era algo que le venía rondando por la cabeza y… bueno, dijo, encogiéndose de hombros y poniéndose con resolución en pie para, llegándose al menor de los niños ― entretenido, tal vez por la admiración y el cariño que profesaba al abuelo, en hacer una pajarita de papel ― y acariciarle amorosa los cabellos convenir “!pero si sois mis hijos!” y añadir que qué estupideces tan sin sentido se dicen a veces, en algún momento hay que tomar decisiones y este no es ni mejor ni peor que cualquier otro para invitarlo… no ya, por supuesto, a degustar uno de esos deliciosos platos en los que mi marido le habrá dicho soy tan diestra, pero si a que… En fin, basta ya de rodeos: puede llamarme Sonia. Versaciones
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