Sin pretenderlo, El agua del extranjero, descalabros de un mercenario humanitario es, además de un libro improvisado de viajes insensatos, un panfleto errabundo de protesta sobre lo absurdo del negocio humanitario y que, casi como un descuido, desemboca en una introversión desesperada e inesperada; en el propio recogimiento del autor. De lo externo a lo interno. De la razón argumentada -inhóspita y acotada- a la intuición de donde arranca la vida libre que, sin repudiar nada, alberga lo esencial.
De ridículos proyectos de desarrollo en países bananeros a estrafalarias intervenciones de urgencia en crisis humanitarias, el autor, que da sus primeros traspiés como voluntario de una pequeña oenegé para acabar de jornalero de Naciones Unidas, desmonta a manotazos –o como puede- mitos pueriles relacionados con la ayuda humanitaria y, a cambio de no proponer alternativa alguna, va desentendiéndose de tal calamidad –de la que forma parte- para adentrarse en asuntos más íntimos que incumben a la humanidad entera, escarbando en el extraño y miope concepto de extranjero.
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