“¡Bella sin alma!”, me decía a gritos. “Bruja…”, me susurraba cada vez que se cruzaba conmigo. Bella, no sé, eso deben juzgarlos los demás; sin alma por supuesto que no, y lo de bruja, bueno, eso sí que sí, y me molesta que sea siempre un insulto. Lo dijo y lo repitió: en el puente de piedra, al pie del
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