En el entierro de un hombre, entre todos los asistentes, coinciden tres viejos amigos que se
han perdido la pista durante casi un lustro. Cuando acaba la ceremonia, deciden ir juntos a
tomar un café en un bar cercano para ponerse al día y saber qué ha sido de sus vidas. Una vez
allí, el diálogo entre las dos mujeres y el hombre, que en el pasado habían sido íntimos,
deambula por unos hilos que les llevan desde un grandilocuente halago inicial al recién
fallecido a la crítica más corrosiva hacia su persona. La incontrolable revelación de secretos,
trapos sucios y oscuro pasado del difunto, que pondrá en jaque los cimientos de su relación a
cuatro bandas, siembra en ellos una terrible duda: Si todo el mundo le odiaba, ¿por qué había
tanta gente en el entierro? Finalmente descubrirán toda la complejidad de la hipocresía
humana y su disfraz ante la muerte cuando el camarero, que escucha la conversación mientras
realiza sus labores, acude a recoger los vasos de la mesa y les sugiere que, si habían asistido
tantas personas al sepelio, era quizás porque todos querían verlo muerto.
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