Mi peluca se llama Dolly es una muestra de esa doble vertiente que cultiva Belén Santaella. Como es sabido, el cuento por la brevedad que lo caracteriza, debe capturar fragmentos, detalles, elementos esenciales que evoquen y proyecten todo un ambiente y/o una situación imaginada por su creador.
Y así sucede en este logrado relato, proyectado desde la perspectiva de un niño, donde se dan segmentos de su vida mientras su madre atraviesa por un tratamiento de quimioterapia, situación crítica ésta que el pequeño ignora.
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