EL GRAN PIQUE
Salvador no podía pedalear. Él era el coche escoba. Disfrutaba siguiéndoles, azuzándoles desde la ventanilla. A veces se emocionaba. Un día ventoso, al regresar, formaron en abanico con la armonía de un engranaje perfecto.
—¡Equipazo! ¡A sesenta por hora y con una chavala!, ¡somos la hostia!, ¡os adoro!
Le hicieron llorar. Pero aquello no duró mucho. Por las tardes, cuando cerraba la asesoría, iba al taller mecánico del otro Salvador. Allí, entre bicicletas, mesas pringosas, mor
All rights reserved