No soy apoderada del juicioso tiempo,
nadie, salvo quizás, el tiempo.
De mi pensamiento,
errores y aciertos
apenas lo soy.
No soy dueña de tus ojos,
de tus temblores, utopías, decretos
ni del pasado que nos unió.
Sin embargo, luego de bordar con oro
mis caderas, mis labios, mis llagas;
de admirar el ocaso más allá de las rosadas nubes
que pasan como religiones en celo
anunciando la fecundación
de un nuevo infinito.
Después de aquello
justo a la hora,
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