—Parece que tú y yo vamos a jugar un rato.
El peso de Regi, apoyando sus rodillas sobre mi cuerpo, me extraían el aire de los pulmones como aceite de almazara.
Agarró mi muñeca izquierda con fuerza. Las uñas de sus dedos estaban blanquecinas y mi piel se enrojecía por la presión.
—Buenas noches, señores, en qué puedo ayudarles —dijo Don Chalecos mientras se iba perdiendo la intensidad de su voz, como si se alejara de nosotros.
Aunque tenía los labios con sangre, Cancerbero no vino a lamer mi
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