Sindo ha vuelto, décadas después, al campo y el monte, casi como si ello fuera un retorno a su propia niñez. Cada cosa le recuerda a ella y al abuelo con sus relatos, meros pretextos para aconsejarle. Sindo recuerda, pero también comete olvidos imperdonables, y la naturaleza en estado puro no conoce de ellas. Cada quien cumple su papel, inclusive las serpientes que habitan esos campos mucho antes que él sentara sus reales allí.
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