Hay que reconocer la vena musical del maestro Aporhilo. Ya desde su más tierna infancia apuntaba maneras aferrándose, con minúsculos dedazos, a la flácida tetilla materna como si fuese una flauta que, a los 3 años de lactancia, decidió convertir de motu propio, por su aumento de tamaño y verticalidad, en fagot (sin favor que valga), que con ávida lengüeta hacía vibrar a dos manos entre chupetón y chupetón.
El do agudo final era siempre de la mamá, al ser estimulada ésta con un mordisco de mala
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