Partir. De pié , sin mirar atrás y una losa en el alma preñada de futuro. Después el grito. Después las partidas ancestrales de dolor y separación. Duelo negro contra el mar inevitable, inexpugnable, helado. Encendida la noche en su ostracismo, obligada prisión, isla acotada en el pecho. Y en esta absurda genealogía de dolor, ya no existen horizontes donde refugiarse. Las fronteras de ese abismo parten el pecho en dos, como una daga maléfica, que separa la tierra y la piel de los que no habitan.
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