Arrastraba la pequeña maleta, sin fuerzas,
y no es que pesara, eran sus pies los que eran
plomos y la acera un imán que hacia ella los atraía.
El caminar se torno doloroso y cansado.
Sus lágrimas corrían libres, silenciosas, resbalando
por la mejilla hasta su boca, ya no se molestaba en
quitarlas con su mano, ni le importaba las miradas
de la gente con la que se encontraba. Su cabeza alta
y mirada al frente enmascaraba el profundo dolor
que sentía en su pecho, esa punzada en el corazón
que dab
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