Aquellos pequeños ojos, oscuros y perfectamente redondos, me miraban con absoluta devoción. Yo me sentía importante y me dejaba tocar sin rechistar. Sus manos, suaves y aterciopeladas, me masajeaban sin descanso. Ella se había encaramado a un tronco de madera, pulido y barnizado, que hacía las veces de taburete. Tal era el entusiasmo de la pequeña criatura, que permití que ésta me untara con un líquido pegajoso que, me aseguró, iba a dejarme un tono mucho más dorado y brillante. No me importó
All rights reserved