Mi tierra me vio partir con una maleta cargada de pájaros exóticos nuevos, y con una botella de tierra mexicana, allí estaba contenido todo México: su gente, su cultura, su gastronomía y sus tradiciones.
No olvido que es la tierra donde se apareció la Virgen de Guadalupe, y donde se celebra la vida, porque Dios nunca muere; sí, la misma tierra que tiene la superficie de maíz y de cacao, si le echas agua, huele a tierra mojada y si le echas leche, sabe a cocoa licuado. Donde se celebran las posadas y se quiebra la piñata; suelo firme donde hay leyendas de aparecidos y también de desaparecidos; donde abundan los penachos y los sarapes veteados, donde los cactus son hombres que se visten de charros y donde La Llorona se desgarra mientras grita: ¡Ay, mis hijos! ¿Dónde están mis hijos?
La misma tierra que llevo tatuada en la funda de mi cuerpo que es mi piel, que está bordada en mis vestidos florales y mis blusas, que la nombro cuando estoy triste y veo al cielo, que la tomo en la palma de mi mano y la soplo para sentir su resuello, esa tierra añorada a la que yo le he escrito muchos libros que terminan siendo los cuentos de nunca
acabar.
Pero así es mi tierra, aquella que llegó a Europa contenida en una botella después de haber sido arrojada al mar, ese mar que a veces se desborda de mis ojos con sabor a barro. Amo a esa tierra niña que juega a la matatena y a la lotería y que al recordarla inmensa nostalgia invade mi pensamiento y que me recuerda que no soy más que una hoja al viento y al
igual que tú, pájaro migrante, quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.
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