http://valentina-lujan.es/U/unabuenaidea.pdf
que ella, Celedonia, además de mostrar el talante frío y distante que le confería el traje chaqueta sastre que me recordaba a Marlene Dietrich en Testigo de cargo ― pero la imagen no se correspondía con su realidad porque era la señora de Ramírez padre una mujer de, como diría mi madre, poquito arremango y tirando a apagadilla ―, dejase entrever un cierto perfil de mujer autoritaria si bien, y para que ese cambio en su carácter no resultara chirriante de modo que el lector avezado pudiese no creérsela del todo (porque, sí, las personas cambian, pero los procesos de cambio llevan su tiempo y necesitan de unas circunstancias que los posibiliten y, yo, justo es reconocerlo, no había, hasta el momento y por causa tal vez de andar embebecido en la forja de personajes más principales, dedicado el tiempo necesario a la forja del suyo que estaría, por pura lógica, forjado a su vez por su propio pasado, pero… “¿qué sabes tú?”, me pregunté de la historia de ésta mujer), entendí que una pequeña reprimenda ― porque fue pequeña, la verdad, que no me reprendió con acritud ― estaría ya siendo un somero esbozo de qué cabía empezar a suponer de ella y, luego, más adelante, cuando el argumento estuviese encauzado y pudiera desviar sin temor a perderme mi atención a los detalles accesorios, ya les iría poniendo ― a todos, claro, pero a ella la primera para que se sintiese alagada de saber que la escucho y no echo en saco roto sus indicaciones ― las estaturas, las complexiones, y los colores de ojos y de pelo y las formas de narices y de labios y de orejas que, a su juicio, facilitarían al hipotético lector ― “porque reconozca” dijo “el que estas páginas de usted vayan a ser leídas alguna vez es mera hipótesis” ― el reconocernos y, casi más importante, el reconocernos nosotros mismos y los unos a los otros.
Etiqueta: Borradores para un baúl
Papeles
All rights reserved