Hartazgo era un monstruo grande, gordo, desgarlichado en su modo de andar a pesar de su redondez, y con unas hambrinas perpetuas.
Nadie le invitaba a las fiestas por que se comía todo.
Los pasteles, los bocadillos, los dulces, y no sólo la comida, cuando su estómago rugía, y el alimento escaseaba, empezaba a devorar el mobiliario: mesas, sillas, floreros.
—Doctor, Doctor, Doctor —preguntó Hartazgo al señor médico—, ¿Cómo dejo de comer tanto? Nadie quiere invitarme a sus fiestas.
—Para empeza
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