Cuando terminé mi libro anterior, mejor dicho, cuando lo di por acabado, tuve un tiempo sin poder escribir, como un tiempo de gestación, un tiempo de necesidad. Necesidad de estar callada y escuchar al mundo, oír lo que su giro manifestaba a cada momento, lo que exclamaba en su latido, porque el mundo siente y respira como cualquier mortal. También tuve la necesidad de observar todo lo que Dios ponía en mi camino, observé el vaivén del viento entre las hojas y como divide ese viento las ramas del árbol, y como ese mismo árbol era absorbido por la tierra en épocas de sequía. Sí, es verdad, observar no es igual que mirar, y yo pude observar en los coloridos caminos que llevan a las huertas de este pueblo que me adoptó y siento como propio, divisiones. Divisiones etéreas, diferentes divisiones, cómo el aire divide al paisaje y deja su línea en una roca para transformarla en arena. Cómo el pensamiento vuela alimentando la danza de los pájaros en la tarde.
Espero que todo esto que llegué a observar y me enamoró, enamore a cada uno de los que lean este libro ya que esta hecho del corazón para alcanzar el corazón de aquel que navegue en sus páginas.
Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a todos los que hacen posible que yo escriba: mis hijos, mi esposo, mis hermanas, mis padres, mi padrino Norberto que me enseño el encanto de la lectura, mis amigos que siempre están alentándome para que nazca un nuevo poema.
¡Gracias, de verdad!
Creative Commons Attribution 4.0