Habíase un lugar,
llamado Ensoñada.
Muchos marineros no creían en ella, pues eran de la opinión de creer solo en aquello que veían con los ojos, pensaban que tal isla solo existía en la imaginación de algunos crédulos. Otros pocos, sin embargo, defendían haberla visto, allí distante entre las brumas del amanecer y del ocaso, cuando la falta de luz obliga al ojo a esforzarse más. Los más atrevidos, juraban verla constantemente en sus sueños, tan efímera como la escarcha del amanecer que, apen
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