Pablo, recostado en el asiento, giró la llave hasta la posición de contacto. La tertulia de una emisora local invadió el coche y le martilleaba la cabeza. Acarició, apático, uno de los botones para cambiar de frecuencia, sin mirar, con la cabeza recostada e inclinada ligeramente hacia la izquierda. Fue música lo que dominó el ambiente esta vez, pero en su cabeza sólo rebotaban las palabras del médico y la discusión posterior con la madre de su hijo:
«No creo que aguante más de 24 horas. —Pablo n
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