Foto: Ricardo Canalejas-elpais.com E l ambiente de la taberna estaba cargado de sudor y tabaco negro. Una nube espesa se había instalado en el techo, entre las vigas de madera y la luz desvaída de dos bombillas, que colgaban precariamente de cordones mugrientos. Era una hora intempestiva, el tabernero secaba los vasos con un paño y los miraba al trasluz guiñando un ojo. Cuando algún parroquiano le hacía una señal con la mano para que rellenara la copa de vino, orujo o lo que permitiera el racion
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