https://valentina-lujan.es/C/candoresencand.pdf
Candores encandilados, boquiabiertos, espantados, caminan de a tres en fondo buscando llegar al alto, inalcanzable remanso donde no encontrarse nunca otra vez desamparados, perdidos en qué quedara de un cuándo en que siendo ilusos, pequeños y esperanzados, se vieron (sin saber cómo) arrastrados por el fango.
Y se duelen, y se mofan, de haber sido lo que fueran fuera de quien los sintiese como suyos y por siempre adorno de qué se quiso entender como pureza en puridad y en entera consciencia de que pintaban algo en quien los dibujara en las almas que soñaban con no despertar a tientas, a oscuras y sin saberse en un dónde y en un cuándo que no eran…
Los suyos, en que crecieran, alimentados de engaños, dulces, bien aderezados, alentados a ser fuertes simplicidades mundanas que comprenderán el mundo y a sus gentes y a las gracias que conceden los que llevan en sus manos las tenazas con que cortar cuando broten inocencias que, si arraigan, se harán dueñas de un ya nunca regresar a la pitanza de despojos de vacías promesas que se quebrantan.
Y conversan y se ríen candores que se acompañan de saberes de otros mundos, y otros tiempos, y otras tantas etapas de sus caminos recorridos a la zaga de conocerse a sí mismos y reconocer las causas que los llevaron, despacio, sin prisa pero sin pausa, a llegar a su ahora mismo desde donde, entre hojarasca, avanzarán sin un ruido ni dejar huella ni traza arrancando de raíz, sin machete ni tenazas, las hierbas que si bien malas, o torpes, o envenenadas, enrarecieron apenas qué es eterno allá en el alma.
Reliquias
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