Una ráfaga de viento abrió de golpe la ventana del salón y arremetió contra el abeto que presidía la estancia; el árbol navideño estaba poblado de bolas relucientes, luces, guirnaldas y pequeñas figuras de madera de color rojo. Uno de los adornos esféricos no soportó la sacudida invernal y se precipitó contra el suelo. No resistió la dureza de la caída, se rompió en una decena de reflejos dorados que salpicaron de cristal el pavimento. Esto dejó a la vista una sorpresa escondida en su interior:
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