La mentira salió de su boca, sigilosa, como el depredador que acecha a su presa. Aún no había terminado de engullir la paella, cuando se desparramó sobre el sofá. Se limpió las migas de la papada y nos ilustró con sus hazañas, como si nos narrara un cuento antes de la siesta. Relató cómo, gracias a su misericordia, el galgo viejo, obsoleto ya como compañero de caza, se había librado de ser ajusticiado. El muy gusano, ni siquiera fue capaz de acertarle, cuando se escabulló veloz y volvió a casa,
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