La Luna se bebió toda la sangre del atardecer. Luego esperó, agazapada tras los negros nubarrones y, al amanecer, se hundió despacio en el vientre brumoso y pálido del horizonte, dibujándole un disco de un rojo tan intenso, que conjuró a la furia de la tormenta y obtuvo, como séquito, una pléyade electrizante de relámpagos.
Es sabido que el Sol, al despertarse, lloró sobre la tumba escarlata de la Luna.
Buscando acariciarla, sus rayos se mancharon, por eso, cuando quiso pintar las primeras nubes
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