Salgo de casa, descalza, en bikini, el pelo recogido en una coleta alta, toalla al hombro y pequeña cesta en la mano. Cierro la puerta tirando de ella. El suelo es liso, está tibio. El aire del descansillo está caliente e inmóvil. El ascensor acude a mi llamada, traqueteando levemente. Me miro al espejo, me estiro, echo los hombros hacia atrás, acentúo la curva lumbar. No está mal.
La puerta se abre. El suelo del portal me acaricia las plantas de los pies. Empujo la puerta hacia fuera y salgo.
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