El sol nos golpeaba directo. Hacía un poco de calor. Veíamos los carros pasar por Álvaro Obregón, uno tras otro. Sukky leía el poema que le había escrito en una hoja que había arrancado de una de mis libretas. Lo leyó y frunció el ceño, miró al cielo. Lo volvió a leer.
—No sé, Enrique. Quisiera tomar un café, ¿te parece?
Aquel poema era un soneto que había escrito entre clases, mientras esperaba encontrarme con sus ojos, como en muchas otras ocasiones, cuando nos mirábamos a lo lejos mientras
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